Como un juego de niños
era nuestra vida
no fácil sino inconsciente
pueril, desinhibida
con muchas carcajadas
apenas algún llanto
por ésos golpes
que no dolían.
Pero aparecieron las reglas
en compañía de los horarios
y las pistolas eran de fuego
y las batallas causaban estragos.
Resolvimos pues
por mutuo acuerdo
pactar treguas
discrecionales
intempestivas
en las que volver a jugar
a hacernos daño
de mentira.
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